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"McCartney III"

«McCartney III»: Más que el final de una era, el principio de otra fantasía

16/12/2020 | 07:23 am


MADRID.- Aprovechando el aislamiento de la covid-19, Paul McCartney completa este viernes con «McCartney III» una trilogía musical emprendida hace 50 años desde la sencillez y la intimidad, lo que -como vuelve a demostrar en esta entrega, a los 78 años de edad- no significa para nada falto de brío ni de ideas.

Corría el año 1970, concretamente abril, cuando él mismo anunció el final de The Beatles solo unas semanas antes de la publicación de su primer álbum en solitario, llamado sencillamente «McCartney», que había sido grabado en secreto aprovechando los medios de los que disponía en su hogar con un estilo mucho más sobrio que el que acostumbraba.

Era un período de desasosiego y confusión para el artista tras la renuncia de John Lennon, pero fue él el señalado como villano de la historia, como si intentara acaparar promocionalmente el final de los «Fab Four» en su beneficio. Además, pese a singles históricos como «Maybe I’m Amazed», tampoco gustó el tono «lo fi» del álbum que, con el tiempo, tan influyente se mostró.

Diez años después, la historia volvió a repetirse. A punto de disolver su segundo proyecto colectivo, Wings (lo haría en 1981), se encerró en su hogar para grabar en secreto «McCartney II» con la única asistencia en las voces de su entonces esposa, Linda (él se ocupó de registrar todos los instrumentos).

Ha habido que esperar cuatro décadas más y a una pandemia que forzó el confinamiento de medio mundo en sus hogares para que «Macca» completara la jugada y sorprendiera con este «McCartney III», de nuevo compuesto, interpretado y producido completamente en solitario en su granja familiar de Sussex.

Se trata, como en el caso de «Folklore» de Taylor Swift y tantos otros títulos de este año, de una las pocas felices consecuencias de la covid-19. Él mismo contó que no había propósito de lanzar tan pronto una continuación a «Egypt Station» (2018), pero los días en casa se hacían largos y comenzó a entrar en su estudio y a revisar material antiguo.

Fue precisamente un tema inédito de principios de los años 90 el detonante del caudal compositivo, «When Winter Comes», el corte que cierra este álbum y que, con nuevos pasajes pero manteniendo un «riff» muy distintivo, también lo abre bajo el nombre de «Long Tailed Winter Bird», en una estructura circular como la que une este álbum con el eslabón de 1970.

Basta escuchar los primeros compases a la guitarra de esa canción, con más sur de Arizona que de Inglaterra (y sobre todo el desarrollo un tanto alucinógeno y sin apenas letra) para entender que estamos ante una fantasía: algo que no estaba destinado a ser, un divertimento personal, un ejercicio de divagación libre que la crítica internacional ha recibido como su mejor material en años.

A ese «blues» inicial, como al resto del álbum, le hace bien el poso de la voz ligeramente ajada pero sólida de McCartney, quien, a falta de colaboradores, encuentra en la guitarra a su principal interlocutor, cuando no al protagonista de esta historia para dar forma a un amplio rango de emociones: delicada y encantadora en nanas como «The Kiss Of Venus», arrolladora y eléctrica en «Slidin'».

No hay monotonía a lo largo de los doce temas. En «Find My Way» tira de falsete y se aproxima a Beck en un corte guasón, con querencia funky y el justo tratamiento informático de los instrumentos, mientras que en «Lavatory Lil» desenfunda a Jagger en un ajuste de cuentas roquero con visos clásicos y en «Women And Wives», un piano resabiado que remite a Nick Cave.

Frente a la jovialidad y frescura de «Seize The Day» (probablemente la más «beatle» del conjunto), ahí están en el ecuador del disco los 8 minutos de «Deep Deep Feeling», que se construyen primero sobre una percusión a ras de suelo que rítmicamente bebe del «trip hop», en contraste con un teclado que libera el lamento («Emotion / Sometimes I wish it would stay») y unas cuerdas que lo llevan todo al aire.

Todas han podido ser escuchadas antes en boca de otros, pues sus letras y partituras han ido apareciendo impresas en muros perdidos de ciudades como Nueva York, México, Toronto, Los Ángeles o Sídney para que sus fans las interpretaran personalmente, en una muestra más de la complicidad y ganas de recreo que han rodeado el proyecto.

El juego arrancó meses atrás en realidad, cuando era aún secreto y al reproducirse las canciones de «McCartney» y «McCartney II» en Spotify, aparecía una animación nueva con un dado que caía del lado de los tres puntos, una imagen que se ha convertido en la carátula de un álbum que está llamado a ser no el final de una era, sino -quién sabe- el principio de una nueva fantasía.

EFE

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