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Luis Alberto Hernández expone en Francia «Poética de la Melancolía»

27/03/2017 | 08:20 pm


CLUNY.-El pintor plástico Luis Alberto Hernández arribó con su sapiencia y humilde trabajo en la abadía Cluny, Francia, con la imponente exposición Poética de la Melancolía. Trabajo que muestra su indagación sobre la idea de lo sagrado. Que además incluirá nuevas obras que afianzan su discurso creativo como único y ajeno a modas imperantes.

“Realizar una obra de arte es una experiencia única e irrepetible”, dice Hernández. “Para ello es indispensable el sosiego o la turbación interior que otorgue a ésta el impulso que le da vida. Es así, con puntadas de intuición, con temores, devoción e inocencia como comienza la obra a entretejerse. Y aquí ya no hay más elección que reflejar tu trayectoria espiritual y humana en lo que hagas”.

Este artista, que lleva casi cincuenta años de carrera, ha hecho del nomadismo un sello distintivo y motor ineludible de su ars poética. Gracias a sus viajes su obra ha sido presentada en escenarios tan disímiles como la Cité Internationale des Arts (Paris, 1996), la Universidad de Konstanz (Alemania, 1997), el Wissenschaftszentrum (Bonn, Alemania, 1997), el Centre CiviquePatiLlimona (Barcelona, España, 1999), el Centre Culturel Jacques Brel (Thionville, Francia, 2000), el Museo HausVölkerundKulturen de  Bonn  (Alemania, 2000), el Museo de Arte de Gerona (España, 2001), la UNESCO (París, 2002), la intervención de la Cripta de la Iglesia Santa Eugenia durante el XIV Festival de Biarritz (Francia, 2005) y el Cloître des Billettes, Paris (Francia, 2009), entre muchos otros.

Por esta razón la crítica especializada ha reconocido su propuesta y calidad artística como única,incluso fuera de los límites de su país. Al respecto el especialista francés Jean-Louis Poitevin ha escrito numerosos ensayos sobre la obra de Hernández, llegando a sintetizar la etapa de Poétique de la Mélancoliebajo las siguientes palabras:“Cada cuadro de Luis Alberto Hernández es la aparición sobre un fondo negro de signos que parecen promesas y dones. Vienen de un misterio más profundo que la oscuridad que lo produce. Pintados por una mano a la vez firme e indecisa, muestran sus colores sobre un fondo de oro que habla el idioma de un sol declinante. Su trazado constituye una afirmación”.

Resulta coherente que una exposición de este tipo esté amparada dentro de los espacios de una abadía. La de Cluny, fundada el 2 de septiembre de 909, tiene una larga historia. Bajo la autoridad inmediata del Papa Sergio III, este centro religioso estuvo a cargo de la orden benedictina, el cual llegó a ser reconocido como un ejemplo cabal de la vida monacal. Con la llegada del nuevo milenio esta abadía fue elevada en 2007 como Patrimonio Europeo, que alberga exposiciones y actividades culturales de toda índole como la que nos ocupa.

Así pues, toda la trama simbólica que salpica las telas tratadas con petróleo y hojilla de oro de Luis Alberto Hernández dialogarán en esas paredes tan imbuidas en penitencias y oraciones. Lo cual resaltará el poder de cada uno de sus cuadros.

“La obra crece lentamente, gesto a gesto avanza hacia su configuración según el plan inconsciente”, asegura Hernández. “Cualquier trazo sugiere un sendero desde la primera mancha. Cada tela terminada es apenas un detalle de esa obra única en que se trabaja constantemente y que, de seguro, habrá de consumir el resto de la vida”.

La exposición Poétique de la Mélancolie, realizada bajo el auspicio del Centre des MonumentsNationaux, incluye 25 telas de mediano y gran formato, y 3 instalaciones.Estará abierta al público desde el 18 de marzo hasta el 8 de mayo y será un buen momento para corroborar en cada obra las palabras de Luis Alberto Hernández y su eterna búsqueda del trazo primigenio.

LAS TRES MELANCOLIAS

Las luces y la noche

Las luces y la noche, la sombra y de nuevo la luz, la oscuridad relativa de la cueva o de la habitación, la llama vacilante de una lámpara y por doquier el incesante desfile de imágenes. Esas visiones, nacidas de nuestra imaginación son sueños en búsqueda de una pantalla en donde plasmarse o signos en busca de un autor o, por lo menos, una mano que los transcriba sobre la hoja oscura pero alumbrada por el oro con una pluma bañada en tinta negra. Y, de nuevo, como la letanía del tiempo que levanta sus olas, pero no pasa, algo ilumina el ojo que descifra. Y de nuevo retorna la noche, la de la oscuridad que responde a la oscuridad central de la pupila en donde nace la mirada y se pierde lo posible. En esa oscuridad solar, se intercambian informaciones antes de devenir sentidos. De vez en cuando, se encuentran rechazadas hacia los limbos de un precario olvido. Entre esos dos temblores, en donde una suerte de vacilación impone silencio, se oye, en el lejano pensamiento, crujir la superficie de la tierra. Devenimos entonces lo que somos desde siempre, pero tratamos de olvidar para no tener demasiado miedo, es decir sismógrafos de lo improbable, captores de fuerzas irascibles; en una palabra, devenimos hombres.

Signo y promesa

Cada cuadro de Luis Alberto Hernández es la aparición sobre un fondo negro de signos que parecen promesas y dones. Vienen de un misterio más profundo que la oscuridad que lo produce. Pintados por una mano a la vez firme e indecisa, muestran sus colores sobre un fondo de oro que habla el idioma de un sol declinante. Su trazado constituye una afirmación, pero, sin embargo, cada uno de ellos, en vez de representar algún dios o hablar su idioma, parece invitar a un dios o a un ser divino, a una fuerza o un soplo, a deslizarse entre ellos; ya que, para llegarnos, deben poder lanzarse, despegar de la superficie pictórica sobre la cual claramente desfilan, pero también parecen estar detenidos;

para llegarnos, a nosotros, humanos precarios pero que sabemos a través de todos los poros de nuestra piel, que participamos todavía y siempre, aún contra nuestra voluntad, en el alba del misterio.

Luis Alberto Hernández es el pintor de esa sublevación del signo, no tanto para que disemine el sentido que contiene como para que logre llegar a la noche del ojo a través del aire transparente. El signo, que pertenece a idiomas tanto reales como soñados, recurre incansablemente a los meandros de sus posibles significados. Levantándose e impulsado por la fuerza creadora de la pintura, entra en el campo de la esperanza donde el hombre espera y exige que lo posible abrace lo real.

Pintor pensativo, Hernández se ha dado cuenta desde hace largo tiempo de la debilidad de nuestra razón y la fuerza de nuestros afectos para ayudarnos a orientar nuestra existencia; sabe que las modalidades de una aparición, digamos una visión o aun una revelación no se puede decidir de antemano. Los profetas no podían tanto predecir una manifestación divina como incitar a prepararse para su venida. El pintor no puede más que grabar las huellas de la retirada de lo divino materializándolas de una manera luminosa y florida que les da vida intensa e incalculable. El pintor es quien asocia hasta el punto de confundirlos, el reconocimiento de una ausencia con los esquemas plásticos de la presencia.

Sin embargo, esa presencia y esa ausencia no deben entenderse como manifestaciones directas de lo divino. Por el contrario, son modos de captura de lo secreto en la espera del hombre, mas que una apariencia externa sin misterio. La espera no es la espera de algo sino una perpetua indecisión, la constitución de una tensión psíquica que permite percibir el signo y la posibilidad de un sentido.

Revelación

Cuando pinta, pareciera que Luis Alberto Hernández no hace sino preguntar repetidas veces: ¿Qué se precisa para que el cielo exulte y la vista se enriquezca de visiones? Lo que sabe es que los ojos no distinguen el color más que cuando está entrecortado de trazos y poblado por signos. También sabe que lo divino puede llegar hasta nosotros pero que lo hace de una forma que no necesariamente se puede leer sobre la piel de las cosas.

Es difícil captar esa forma; no tanto por el descrédito posible que pesa sobre el espesor de dicha piel como por un desfase interno de lo que vive. Todos nosotros, porque vivimos, vacilamos. Por un lado, manifestamos nuestras pasiones, frutos irresistibles de nuestro élan vital; por otra parte, existe la pasión, esa fuerza secreta que llena la espera que nos hace vivir.

Desenredar la madeja es una tarea a la vez imposible y necesaria. Es imposible porque no se puede esperar que la mesa esté rasa ni que el cielo esté pleno. Necesaria porque es en los intersticios entre espera y esperanza, entre manifestaciones secundarias de la luz y los pliegues de la sombra que algo pasa.

Lo que tiene lugar es que el signo es vacío por necesidad y carnal por misión. Cuando pretende hablar de lo divino o encerrarlo, nada lo restringe salvo la idea, plásticamente seductora que es signo y que, como signo, encarna nuestra espera.

Lo que ocurre en cada uno de estos cuadros es la revelación de que un signo vacío es el modo más eficaz de estibar la ambición del gesto a los destellos de la visión.

Imágenes-signos

Ver no es solamente una actividad del ojo, es también una actividad del pensamiento que sabe que el ojo, en su loca espera, se siente prisionero del mismo inmóvil movimiento asignado a las cosas. Es cierto que el hombre se regocija de existir; pero una voz interior no para de clamar su angustia y su rechazo de haber sido echado en donde está y abandonado. Ese murmullo de manantial es el crisol en donde nace el canto de la melancolía original. Nadie escapa a la duda sobre la necesidad de existir en este mundo. Es por ello que la melancolía lleva a contemplar la existencia de otra visión que consistiría en aceptar por fuerza esa situación. Y entonces, oscilando entre esos dos muros, la existencia se exhibe aureolada de colores una que otra vez bárbaros.

Existe una tercera melancolía que aparece cuando cada uno se da cuenta que debe aceptar que el mundo “verdadero” no está ni aquí ni en otra parte, pero se manifiesta como conjunto de elementos reales y soñados que circulan entre ambos.

Ese entre-dos es la dimensión del mundo en donde, a través de las imágenes y de los signos, se cruzan las tres melancolías. Su entretejido en nosotros es, posiblemente, el origen del reparto entre los que crean formas y los que las acogen.

Luis Alberto Hernández ha sabido llevar el reconocimiento hasta el punto extremado de la confesión creando entidades visuales que no son ni signos ni imágenes, pero sí “imágenes-signos”. De cierto modo, esa entidad psíquica que se renueva en él y gracias a él en cada cuadro, permite a entidades visibles alcanzar su objetivo: ser la flecha que nos va a atravesar.

Apuntados por esas imágenes-signos y apuntándolas a la vez, nos aproximamos a una revelación: como, en nosotros, se entretejen esas tres melancolías para hacernos vibrar.

Visiones

Las visiones nacen de esas idas y vueltas entre signos y miras, ya que pintar no tiene otra meta que darle existencia sobre una superficie precaria a lo que se elabora en la noche de la mente, para darle vida a las visiones que allí se animan, para dar a ver, a través de tal o cual imagen, el hecho que la visión es una posibilidad de éxtasis.

Esa es la razón por la cual los signos son, de algún modo, en principio vacíos; en todo caso los signos pictóricos ya que pueden ser repetidos indefinidamente a la vez que pueden variar en intensidad, especialmente cuando están encantados por el color. En todo caso Luis Alberto Hernández lleva la pintura a tal extremo, al punto donde lo que vacila se vuelve llamamiento.

Estos signos son como toda promesa: cuando nace, está vacía. No se llena sino con la voz de los cantares, el trazo de los gestos, la sensación de la caricia, el destello de los colores.

Hinchados de noche y gritando sus colores, quemados por la ausencia y ebrios de sol, esos signos nacen de la noche para luchar contra ella y se adornan de oro para desafiar la indiferencia del sol.

Ese modo de ser vacío es, por consiguiente, totalmente singular: constituye la firma de Luis Alberto Hernández en el ancho campo de la práctica pictórica de hoy.

 Jean-LouisPoitevin, Crítico de Arte

Paris,14 de diciembre de 2016

Unión Radio