EN VIVO UNIÓN RADIO 90.3



Edición UR

#Especial| La pasión por la danza de Miguel Issa

25/06/2021 | 04:38 pm


CARACAS.-Miguel Vicente Issa Ponce vivió su infancia en una modesta casa ubicada en Propatria, rodeado de la sencillez y humildad de una familia de migrantes provenientes del Líbano, quienes fueron los pioneros en traer el comercio del cartón corrugado al país.

Sus actividades transcurrieron entre la escuela, los juegos con los niños del sector, las tradiciones de los vecinos y los programas a blanco y negro en un viejo televisor.

Esto fue el detonante de su obsesión por rescatar en sus piezas escénicas la cotidianidad del venezolano, la memoria colectiva, los rituales funerarios y la decadencia de la vida.

Del canto a la danza

Su aproximación al mundo de las artes escénicas inició con el canto, al formar parte del Orfeón del Liceo Aplicación, en el cual aprendió el trabajo en equipo y la disciplina. Pero con el pasar de los años comprendió que su voz no se ajustaba a lo requerido para ser un cantante lírico.

Su pasión por la danza comenzó fuera de los escenarios, como espectador de grandes producciones teatrales y de baile que apreciaba en el Teatro Municipal de Caracas. Allí admiraba el trabajo de la bailarina y coreógrafa venezolana, Yolanda Moreno, quien le infundió ese deseo de pertenecer a sus danzas nacionalistas.

Decidió tomar clases en el Taller de Danza de Caracas del coreógrafo, José «El negro» Ledezma, pero no poseía las características físicas requeridas para el baile; tales como musculatura, elasticidad, puntas definidas y técnica.

«Un joven coreógrafo venezolano llamado Luis Viana me invitó como especie de profesor de canto para una pieza que él estaba realizando en el año 1986 (…) hizo una obra que causó mucho impacto, porque rompió códigos de lo que era la danza formal (…) en 1987, me invitó como actor-cantante para un nuevo proyecto del Festival de Jóvenes Coreógrafos. Debuto en esa pieza que marcó mi vida y la transformó acercándome al mundo de la danza teatro y teatro físico», expresó.

En 1992 debuta como coreógrafo en el VII Festival de Jóvenes Coreógrafos de Venezuela con la obra “Il Ricordo” y participando como joven coreógrafo en los siguientes años con las obras: “Olga y Tony Varieté” (1993), “Caricato en pena” (1994) y en el año 1995 con el gran espectáculo “Espuma de Champagne” realizado en el antiguo Hotel Miramar de Macuto.

Posteriormente, perteneció a la compañía contemporánea Action Kolectiva de la coreógrafa inglesa, Julie Barnsley, donde permaneció seis años.

La versatilidad de su trabajo lo ha llevado a realizar espectáculos donde fusiona de manera integral la danza, teatro, música, cabaret, circo y musicales.

Issa tiene más de 30 años de trayectoria ininterrumpida, paseándose como director escénico, coreógrafo, músico, bailarín y actor. Además ha impartido clases a actores, cantantes, bailarines y jóvenes promesas en las artes escénicas.

Sus trabajos se han presentado en los Teatros más importantes de Venezuela y en México, Cuba, Colombia, Chile, Argentina, Ecuador, Italia, Chipre y Corea.

Entre sus creaciones más exitosas se encuentran “Espuma de Champagne” (1995), “Pascua” (1999);“El Mistral” (2003); “El Eco de los Ciruelos” (2009), “Cabaret Reinas de la noche” (2010), “La Zaranda” (2008), “Cabaret Baccarat” (2013), “Lo que el cine nos dejó” (2015), “Carmina Burana, Cantata de los sentidos” (2016), “Piaf, Voz y Delirio” (2016), “Caracas, el valle de los inquietos” (2017).

Este venezolano tuvo el privilegio de dirigir la pieza «Gregory: Canal de fe», en el que participa el actor, Sócrates Serrano, quien da la vida al «médico de los pobres» y venerable, José Gregorio Hernández.

 

Miguel Issa ha sido un visionario de las artes escénicas del país; un hombre de intelectualidad e histrionismo que en medio de la pandemia se reinventa cada día para que la cultura de la nación no se extinga, pese a las vicisitudes que atravesamos.

Sin duda alguna, Issa asegura que si volviese a nacer se dedicaría a las artes, porque una vez que pisó las tablas del teatro, sus pies quedaron enraizados en las raíces imaginarias del escenario, que solamente pueden ver y apreciar los artistas.

Jean Carlos González/ Unión Radio