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El artista plástico Luis Alberto Hernández expone “Poética de la melancolia” en Francia

12/03/2017 | 08:58 pm


CARACAS.- El reconocido artista plástico Luis Alberto Hernàndez expondrá su muestra Poética de la Melancolía en Farinier de l’Abbaye de Cluny – Bourgogne, Francia. Los días 15 de marzo hasta el 8 de mayo.

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A continuación escritos, crónicas y algunas de sus obras que serán expuestas en suelo galo.

LAS TRES MELANCOLIAS

Las luces y la noche

Las luces y la noche, la sombra y de nuevo la luz, la oscuridad relativa de la cueva o de la habitación, la llama vacilante de una lámpara y por doquier el incesante desfile de imágenes. Esas visiones, nacidas de nuestra imaginación son sueños en búsqueda de una pantalla en donde plasmarse o signos en busca de un autor o, por lo menos, una mano que los transcriba sobre la hoja oscura pero alumbrada por el oro con una pluma bañada en tinta negra. Y, de nuevo, como la letanía del tiempo que levanta sus olas, pero no pasa, algo ilumina el ojo que descifra. Y de nuevo retorna la noche, la de la oscuridad que responde a la oscuridad central de la pupila en donde nace la mirada y se pierde lo posible. En esa oscuridad solar, se intercambian informaciones antes de devenir sentidos. De vez en cuando, se encuentran rechazadas hacia los limbos de un precario olvido. Entre esos dos temblores, en donde una suerte de vacilación impone silencio, se oye, en el lejano pensamiento, crujir la superficie de la tierra. Devenimos entonces lo que somos desde siempre, pero tratamos de olvidar para no tener demasiado miedo, es decir sismógrafos de lo improbable, captores de fuerzas irascibles; en una palabra, devenimos hombres.

Signo y promesa

Cada cuadro de Luis Alberto Hernández es la aparición sobre un fondo negro de signos que parecen promesas y dones. Vienen de un misterio más profundo que la oscuridad que lo produce. Pintados por una mano a la vez firme e indecisa, muestran sus colores sobre un fondo de oro que habla el idioma de un sol declinante. Su trazado constituye una afirmación, pero, sin embargo, cada uno de ellos, en vez de representar algún dios o hablar su idioma, parece invitar a un dios o a un ser divino, a una fuerza o un soplo, a deslizarse entre ellos; ya que, para llegarnos, deben poder lanzarse, despegar de la superficie pictórica sobre la cual claramente desfilan, pero también parecen estar detenidos;

para llegarnos, a nosotros, humanos precarios pero que sabemos a través de todos los poros de nuestra piel, que participamos todavía y siempre, aún contra nuestra voluntad, en el alba del misterio.

Luis Alberto Hernández es el pintor de esa sublevación del signo, no tanto para que disemine el sentido que contiene como para que logre llegar a la noche del ojo a través del aire transparente. El signo, que pertenece a idiomas tanto reales como soñados, recurre incansablemente a los meandros de sus posibles significados. Levantándose e impulsado por la fuerza creadora de la pintura, entra en el campo de la esperanza donde el hombre espera y exige que lo posible abrace lo real.

Pintor pensativo, Hernández se ha dado cuenta desde hace largo tiempo de la debilidad de nuestra razón y la fuerza de nuestros afectos para ayudarnos a orientar nuestra existencia; sabe que las modalidades de una aparición, digamos una visión o aun una revelación no se puede decidir de antemano. Los profetas no podían tanto predecir una manifestación divina como incitar a prepararse para su venida. El pintor no puede más que grabar las huellas de la retirada de lo divino materializándolas de una manera luminosa y florida que les da vida intensa e incalculable. El pintor es quien asocia hasta el punto de confundirlos, el reconocimiento de una ausencia con los esquemas plásticos de la presencia.

Sin embargo, esa presencia y esa ausencia no deben entenderse como manifestaciones directas de lo divino. Por el contrario, son modos de captura de lo secreto en la espera del hombre, mas que una apariencia externa sin misterio. La espera no es la espera de algo sino una perpetua indecisión, la constitución de una tensión psíquica que permite percibir el signo y la posibilidad de un sentido.

Revelación

Cuando pinta, pareciera que Luis Alberto Hernández no hace sino preguntar repetidas veces: ¿Qué se precisa para que el cielo exulte y la vista se enriquezca de visiones? Lo que sabe es que los ojos no distinguen el color más que cuando está entrecortado de trazos y poblado por signos. También sabe que lo divino puede llegar hasta nosotros pero que lo hace de una forma que no necesariamente se puede leer sobre la piel de las cosas.

Es difícil captar esa forma; no tanto por el descrédito posible que pesa sobre el espesor de dicha piel como por un desfase interno de lo que vive. Todos nosotros, porque vivimos, vacilamos. Por un lado, manifestamos nuestras pasiones, frutos irresistibles de nuestro élan vital; por otra parte, existe la pasión, esa fuerza secreta que llena la espera que nos hace vivir.

Desenredar la madeja es una tarea a la vez imposible y necesaria. Es imposible porque no se puede esperar que la mesa esté rasa ni que el cielo esté pleno. Necesaria porque es en los intersticios entre espera y esperanza, entre manifestaciones secundarias de la luz y los pliegues de la sombra que algo pasa.

Lo que tiene lugar es que el signo es vacío por necesidad y carnal por misión. Cuando pretende hablar de lo divino o encerrarlo, nada lo restringe salvo la idea, plásticamente seductora que es signo y que, como signo, encarna nuestra espera.

Lo que ocurre en cada uno de estos cuadros es la revelación de que un signo vacío es el modo más eficaz de estibar la ambición del gesto a los destellos de la visión.

Imágenes-signos

Ver no es solamente una actividad del ojo, es también una actividad del pensamiento que sabe que el ojo, en su loca espera, se siente prisionero del mismo inmóvil movimiento asignado a las cosas. Es cierto que el hombre se regocija de existir; pero una voz interior no para de clamar su angustia y su rechazo de haber sido echado en donde está y abandonado. Ese murmullo de manantial es el crisol en donde nace el canto de la melancolía original. Nadie escapa a la duda sobre la necesidad de existir en este mundo. Es por ello que la melancolía lleva a contemplar la existencia de otra visión que consistiría en aceptar por fuerza esa situación. Y entonces, oscilando entre esos dos muros, la existencia se exhibe aureolada de colores una que otra vez bárbaros.

Existe una tercera melancolía que aparece cuando cada uno se da cuenta que debe aceptar que el mundo “verdadero” no está ni aquí ni en otra parte, pero se manifiesta como conjunto de elementos reales y soñados que circulan entre ambos.

Ese entre-dos es la dimensión del mundo en donde, a través de las imágenes y de los signos, se cruzan las tres melancolías. Su entretejido en nosotros es, posiblemente, el origen del reparto entre los que crean formas y los que las acogen.

Luis Alberto Hernández ha sabido llevar el reconocimiento hasta el punto extremado de la confesión creando entidades visuales que no son ni signos ni imágenes, pero sí “imágenes-signos”. De cierto modo, esa entidad psíquica que se renueva en él y gracias a él en cada cuadro, permite a entidades visibles alcanzar su objetivo: ser la flecha que nos va a atravesar.

Apuntados por esas imágenes-signos y apuntándolas a la vez, nos aproximamos a una revelación: como, en nosotros, se entretejen esas tres melancolías para hacernos vibrar.

Visiones

Las visiones nacen de esas idas y vueltas entre signos y miras, ya que pintar no tiene otra meta que darle existencia sobre una superficie precaria a lo que se elabora en la noche de la mente, para darle vida a las visiones que allí se animan, para dar a ver, a través de tal o cual imagen, el hecho que la visión es una posibilidad de éxtasis.

Esa es la razón por la cual los signos son, de algún modo, en principio vacíos; en todo caso los signos pictóricos ya que pueden ser repetidos indefinidamente a la vez que pueden variar en intensidad, especialmente cuando están encantados por el color. En todo caso Luis Alberto Hernández lleva la pintura a tal extremo, al punto donde lo que vacila se vuelve llamamiento.

Estos signos son como toda promesa: cuando nace, está vacía. No se llena sino con la voz de los cantares, el trazo de los gestos, la sensación de la caricia, el destello de los colores.

Hinchados de noche y gritando sus colores, quemados por la ausencia y ebrios de sol, esos signos nacen de la noche para luchar contra ella y se adornan de oro para desafiar la indiferencia del sol.

Ese modo de ser vacío es, por consiguiente, totalmente singular: constituye la firma de Luis Alberto Hernández en el ancho campo de la práctica pictórica de hoy.

Jean-Louis Poitevin, Crítico de Arte

Paris,14 de diciembre de 2016

necesidad de lo absoluto

Por Luis Alberto Hernández

 

En la sombría tristeza de la realidad melancólica, que en su sentido más profundo y esencial revela una dimensión espiritual, anida una necesidad suprema que lleva al abandono de la existencia exterior; un deseo irrefrenable de huir de lo superficial para propiciar la inmersión en el misterio que conduce a lo elevado. Esta necesidad íntima que habita el alma melancólica aspira a la integración en la realidad plena, porque se trata, en última instancia, del anhelo de Dios. Y este desasosiego al que lleva la melancolía ha hecho de mi práctica artística el punto crucial en que me he sostenido, como alivio y cobijo para dotar de algún sentido trascendente al conjunto de la obra que realizo. De este viaje interior tratan las anotaciones que ahora les ofrezco.

Realizar una obra de arte es una experiencia única e irrepetible. Para ello es indispensable el sosiego o la turbación interior que otorgue a la obra el impulso que le da vida; es la condición necesaria para emprender el desafío de adentrarme en esa otra realidad, esto es, pasar del estado ordinario de la percepción habitual al de situación artística: ese momento en que la revelación ocurre; ese instante en que, como en un estado de gracia, tu ser asiste a su punto máximo de libertad, sumergido en su propia Nada, en comunión con lo esencial. Tu ser optando por las necesidades del alma; dejándose llevar por el propio ritmo del corazón, con todos los riesgos que esta decisión implica y presupone, para entonces, con temor recorrer de nuevo ese abismo callado que me reclama, guiado por una fuerza poderosa sobre la cual no tengo ninguna voluntad. Es así, con puntadas de intuición, con temores, devoción e inocencia como comienza la obra a entretejerse. Y aquí ya no hay más elección que reflejar tu trayectoria espiritual y humana en lo que hagas. Después, reaparecerán el cansancio y la depresión.

Con gestos temblorosos vuelvo sobre mis propios pasos, y es como regresar al abandono, otra vez la angustia de no saber qué pasará, y de nuevo brota la desolación. Sin embargo, transito el sendero humilde y dispuesto, con la determinación de quien ha comprendido el valor intrínseco de la oración. Abierto a escuchar las voces secretas que me guían, me dispongo a realizar batallas interiores. Cuánto dolor albergan… Es, según creo entender ahora, un cierto sino sacrificial angustiante que surge cuando se aspira trascender la banalidad y que puede llevar a un individuo al hundimiento y la postración. De esta fragilidad del alma surgirán formas hechas jirones, fragmentos, vacilaciones, que aguardarán su disposición definitiva para construir lo que quizá alcance a interesar, es decir, adentrarse, penetrar, la sensibilidad de quien le otorgue una mirada cálida y generosa. Pero es una arriesgada esperanza, lo sé. ¿Quién necesita de estas imágenes elaboradas en lo más profundo de mi imaginario?…

Regreso a mis motivos una y otra vez, como se regresa a la propia ensoñación, a los deseos más recónditos y los miedos para resolver asuntos inconclusos. Mis huellas a menudo desaparecen ocultas entre capas superpuestas como folios antiguos apilados por el tiempo obliterando lo sagrado. Ellas aguardan la sensibilidad de alguien capaz de atisbar ese misterio supremo, aunque sólo sea un instante. Pero ese impulso que mueve la obra será una percepción ilusoria dentro de la simbólica cifrada de mi pintura, que se ha vuelto enigmática y desconcertante. Con frecuencia me interpelo acerca de lo que tanto me reclama: ¿qué es lo sagrado?… Fatalmente, nunca podré responder a esta pregunta que lacera. No obstante, nacerán imágenes nuevas y buscaré la manera de expresarlo con un lenguaje que refleje las intuiciones que atesoro en mi interior.

Con la obsesión de quien intenta regresar a la experiencia originaria, persigo una esencia escurridiza que no termino de atrapar del todo (la realidad de la experiencia sagrada es inexpresable artísticamente). Y así, mi obra acontece en ese decir de lo indecible, y esta paradoja obsesiva que responde a los impulsos más exigentes de la intimidad no encuentra otra forma expresiva más que la metáfora. “En la metáfora se ‘lleva’ (fero)‘más allá’ (meta) el sentido de los elementos concretos empleados para hacer la obra (…) Llevar más allá lo sensible y lo mundano significa traer más acá al Otro Mundo” nos ha dicho  H. A. Murena1.

Pese a todo, mi silencio no se satisface en la mudez; evoca la elocuencia en medio de la noche oscura de la creación para expresar con pesadumbre una lejanía que tiene carácter de misterio. Conozco esa realidad, la he vivido. Pocas experiencias son comparables a ese estado de suspensión que despierta en mí un sentido especial de percibir el mundo. Es, en definitiva, la conciencia de unas realidades más profundas donde el dolor y la tristeza señalan la naturaleza de la vehemencia creativa. Pero la finalidad de este sufrimiento ha de ser su propia trascendencia y no su glorificación; por eso me esfuerzo en interpretarlo, en conocer su significado para elevarme por encima de él.

La obra crece lentamente, gesto a gesto avanza hacia su configuración según el plan inconsciente. Cualquier trazo sugiere un sendero desde la primera mancha, y éste puede componer una forma acorde con las metáforas que dan vida a la obra para proponer su verdad, esa que constituye su impulso y más hondo sentido. Cada tela terminada es apenas un detalle de esa obra única en que se trabaja constantemente y que, de seguro, habrá de consumir el resto de la vida. Es la metáfora con que Borges nos recuerda que todos los libros de un autor resultan ser siempre el mismo libro. Cuando se instala en mí esta certeza de nuevo sobreviene la precariedad. Miro el horizonte y verifico la distancia abismal que me separa de mi inapelable destino. Cuánta fragilidad en este penoso empeño de transitar a tientas este camino árido y tormentoso. Entonces las cosas se vuelven tan insuficientes… de nuevo me toma el alma la melancolía; y en esta condición no hay experiencia de la realidad, por más íntima que sea, que asegure un ejercicio de mis propósitos ajeno a la duda y la insatisfacción. Este estado de ánimo deja al descubierto las limitaciones: no soy poseedor de una genialidad capaz de propiciar a voluntad el asombro inicial para atrapar la imagen germinal; el territorio insondable donde habita la promesa de la obra a menudo se torna nebuloso. En la tentativa de vislumbrar su naturaleza más recóndita, muchas veces retorné a las imágenes de la infancia para reencontrarme con aquel niño temeroso que fui, siempre rodeado de una soledad oscura, anhelando un rayo de luz que iluminara mi perplejidad; envuelto permanentemente en una tristeza callada.

También el tiempo de la creación transcurre de una manera extraña y fascinante. Se trata de una vivencia temporal que borra el recuerdo y la esperanza del futuro para colocarme ante un momento de suspensión en que todos los tiempos son el ahora. Esta experiencia supone una continuidad singular en la que acontecimientos vividos y soñados configuran un presente entrelazado; a diferencia del tiempo lineal que evoca un fluir mecánico con su secuencia implacable de pérdidas y olvidos. El instante de la creación resulta una ruptura con la normal percepción habitual del tiempo. Percibir ese estado intemporal en que acontece la obra supone el atisbo de una conciencia de unidad con la Totalidad, dentro de ese continuum ilimitado del eterno ahora. Los místicos han afirmado que no hay lugar alguno fuera de este momento, y que el hombre ha creado la ilusión del tiempo porque teme a la muerte. Según esta afirmación, en el proceso del tiempo lo inexorable de la muerte es lo que hace único y grandioso cada instante de la creación.

En esta suerte de confesión íntima he querido ofrecerles algunos fragmentos de mi épica personal. Lo que aquí les he expuesto es el testimonio vivo de un atisbo de la plenitud y el esplendor de la Totalidad, a la que esencialmente estamos ligados de manera indisoluble. En los instantes de trato más decisivos y amorosos con la creación, el impulso de la plenitud a menudo me recordó la necesidad de absoluto que padece el hombre hoy; y mientras más consciente he sido de esta realidad, más se ha avivado en mi ser la necesidad de reintegrarme a la unidad esencial que colma al mundo. Por ello continúo interrogándome ante el espejo de mi obra, acerca del más hondo sentido de la existencia en su relación con lo que la trasciende. Un ejercicio espiritual, en suma, siempre de riesgo y renovación que me ha planteado la Belleza como uno de los despliegues de la proximidad de lo Divino.

San José de los Altos, noviembre de 2016.

1 Murena, H. A., La metáfora y lo sagrado, Editorial Tiempo Nuevo, S. A., Buenos Aires, 1973.

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